Morir de Exilio

La cultura como patria

Por Maira Landa

El día que yo me muera
Donde al Señor se le antoje,
Mira a ver quién me recoge
Y me repatria a mi acera.

Pura del Prado


La muerte es siempre dolorosa, pero lejos de la patria es terrible. Ése es el mensaje de Uva de Aragón -profesora y directora del Instituto de Investigaciones Cubanas de la Universidad Internacional de la Florida- en su nuevo libro, una recopilación de cincuenta y cinco artículos escritos por ella y publicados en el Diario Las Américas del 1961 al 2005. Son textos inspirados en el fallecimiento de escritores, pintores, músicos y personas de alguna relevancia pública, con el denominador común de su origen cubano y de haber muerto fuera de su patria.

Es interesante su planteamiento de cómo el exiliado se aferra a sus recuerdos y al sueño del regreso, cómo mira hacia atrás, cómo vive a destiempo porque su visión del país se congela en el momento en que se fue y cree que encontrará igual su ciudad, sus calles, su casa, como si el tiempo no pasara. Y establece que los que dejan su patria podrán morir de una enfermedad, en la plenitud de la vida o viejitos, pero todos mueren de exilio.

Este libro agrupa semblanzas hermosas e historias interesantes de personas -muchas de las cuales la autora conoció y con las cuales aparece en fotografías- que murieron fuera de su patria. Las únicas excepciones fueron su padre biológico, quien murió en Cuba cuando ella era niña, y Dulce María Loynaz, insigne poetisa que nunca salió de la isla y de quien nos dice: “Hubiera querido conocerla. Su muerte representa la desaparición de muchos que ya no nos esperan en casa”.

A la vez que nos va presentando a personajes como Reinaldo Arenas, Elena Mederos, José María Mijares, Lino Novás Calvo, Pura del Prado, Heberto Padilla, Celia Cruz, René Touzet, Carlos Márquez Sterling (su segundo padre), María Luisa Lobo, Gastón Baquero, Guillermo Cabrera Infante y otros más, notamos la propia transformación, desarrollo y madurez de la autora como escritora y como mujer.

Nos cuenta que en 1999 regresó a Cuba, luego de cuarenta años de haberse ido y comprendió que “siempre había pensado en nosotros sin Cuba, pero nunca en Cuba sin nosotros”. Desde entonces tuvo claro que todo el que se fue dejó un vacío. Y como colofón, nos dice “Tal vez tengamos que dejar los huesos de estos hombres y mujeres en tierra extranjera, pero su legado es patrimonio de todos los cubanos. Con este volumen quisiera hacer posible lo que la muerte impidió: repatriar a estos exiliados, regresarlos al país, a la cultura de donde surgieron y a la que dieron frutos”.

La cultura servirá, una vez más, de agente unificador. Aunque ellos hayan muerto, sus obras están regresando poco a poco a su patria, a una sola patria, como siempre debiera ser. Este libro nos hace reflexionar profundamente en lo absurdo de las diferencias que ha creado el hombre.

Maira Landa es escritora cubano-puertorriqueña.