La dulce esperanza tras el horror


Por Amir Valle

El horror es una de las mayores fuentes de historias para ser contadas. Tristemente. Porque del horror que hemos regado quienes pertenecemos a eso que llaman “especie superior” han nacido las más grandes historias de la literatura, y quizás por eso haya un consenso en aquello que diría Hemingway cuando aseguró que los escritores se alimentan, como las aves de rapiña, de la carroña humana.

Concierto para Leah, novela de la cubana Maira Landa, es una de esas obras que, desde el más profundo horror encerrado en la historia que narra, desteje una madeja psicológica, humanísima, que conduce, como creo debe hacerlo toda obra literaria, a una revalorización de la existencia misma a través de claves muy directas: la salvación humana, la esperanza, la luz, en fin, al final de una época de terror.

La novela Concierto para Leah tiene calidad suficiente como para ganar premios considerados literariamente más serios que el Planeta y se inscribe como una pequeña joyita literaria en la larga saga de novelas escritas sobre el tema del holocausto nazi precisamente porque la autora elige una perspectiva absolutamente renovadora para narrar el terrible drama del pueblo judío en época del nacionalsocialismo alemán: la mirada del artista criticando la vida que le toca a través de las claves musicales que mueven su esencia más íntima.

No se trata sólo de contar la historia de una niña judía, violinista, que llega a sobrevivir al Campo de exterminio de Auschwitz mientras contempla, impotente, cómo sus padres y su hermana perecen bajo las botas nazis. Lo primero que llama la atención de esta historia es lo que más actualidad le da a la novela: la protagonista, Leah, va descubriendo, y preguntándose, porqué el mundo le dio la espalda a los judíos y dejó, hasta que le fue conveniente por razones y miedos políticos, que el holocausto acabara con millones de vidas inocentes; algo similar a lo que hoy sucede cuando, en países desarrollados, desaparecen de los programas de estudios el holocausto, o cuando naciones del primer y el tercer mundo, argumentando “tolerancia” dejan correr el renacimiento de la ideología fascista claramente de raíz neonazi; o cuando dirigentes de muchas naciones del mundo pretenden hacer ver que el holocausto es “un invento de los judíos” o de la izquierda internacional.  

Partiendo de un demoledor ejemplo: la negativa de Cuba y Estados Unidos a recibir a los refugiados judíos del barco Saint Louis, que pidieron asilo político al gobierno de Federico Laredo Brú, llegando a puerto de La Habana el 27 de mayo de 1939, la autora va desgranando una historia de vergonzosas culpas de otras naciones en esas millones de muertes que hoy conocemos como Holocausto Nazi. Y es que, Maira va colocando a la protagonista, Leah, de cara a detalles que hoy contemplamos de modo suelto pero que, entramados en la novela como parte de un todo, nos permiten como lectores asistir a los juegos de conveniencia política en momentos en que, ante el horror nazi, la mayoría de las naciones viró la cara o dio migajas de ayuda y apoyo sin tener en cuenta que el horror hacía necesaria una participación más humanista y menos política.

El segundo aspecto es la naturalidad de la prosa: Maira Landa coloca a Leah como ojo visor de toda la trama, o como motor subterráneo incluso de aquella otra trama en la cual no es ella la protagonista. Y al centro de todo, la música, como eje que va a  mover la historia, y, todavía más curioso, a tender interrogantes entre los bandos implicados: así como Leah y su familia amaban la música, también sus victimarios, los nazis, eran grandes amantes de la música y por ello, por ese puente que cruza por encima del horror más burdo, la escena donde Leah toca en las noches para el sanguinario doctor Mengele, el llamado Doctor Muerte, es una de las más conmovedoras de la novela, como también conmovedor es el proceso de escape, horror tras horror, de ese sexto sentido musical con el que Leah siempre contemplaba y analizaba su vida.

Ese ojo visor le permite a la escritora vencer el reto de lo tremebundo, uno de los peores defectos de la mayoría de las novelas que cuentan historias de muerte en los campos de concentración nazis. Nada de tremebundo hay en esta novela. Y el mecanismo empleado por la autora es muy inteligente: Leah contará, desde el asombro ante el horror, y ese “no entender” tanto horror, otorgará a lo narrado un mayor impacto: el de la naturalidad, el de hacernos entender que, desgraciadamente, para millones de personas esos años en los campos de exterminio o el exterminio mismo fueron parte de una cotidianidad ante la cual no tenían elección. De ese modo, sin que se diga, y solamente narrando el día a día de Leah en Auschwitz, la escritora imprime a su libro la fuerza que sólo la verdadera literatura puede lograr: la credibilidad de lo narrado. Y además, la seguridad de que aquel lector que ya ni se inmute cuando lea “en los crematorios de los campos de exterminio murieron más de 20 millones de personas”, no quedará inmune cuando lea el dolor, la desesperación, la pérdida y el rescate de la esperanza tras el horror que muestra la historia personal, íntima, de esta violinista.

La alternancia de las historias de la joven violinista Leah Felton y del famoso concertista Alex York permite un contrapunto muy interesante que refuerza otra idea muy acertada con la que juega esta novela: mientras por un lado Leah va contando su terrible verdad como testigo de la barbarie nazi; por el otro, un gran concertista, Alex, de fama internacional, hombre de cultura y exquisita formación, junto a su pareja, Mariana, muchacha de una inteligencia y una sensibilidad inusual, demuestran un casi total asombro ante la crueldad nazi que van a contemplar, como lejanos investigadores, a inicios del siglo XXI. Otra vez el mensaje: si espíritus sensibles como Alex y Mariana, muy cercanos a lo mejor de la especie humana, el humanismo a través de la creación y el arte, demuestran conocer muy superficialmente la profunda marca de horror del Holocausto en la historia de la Humanidad, ¿qué puede esperarse de esos miles de millones de personas que viven su cotidianidad hoy sin mirar a la experiencia histórica del pasado? La memoria humana, ya lo sabemos, es pésima y ello es un peligro ante la necesidad de que tanta barbarie no se olvide, parece decirnos Maira Landa aprovechando el comportamiento de estos dos personajes de ese “hoy” que habitamos.

Concierto para Leah, de Maira Landa, es una novela que, desde la sensibilidad y un profundo humanismo, hace una muesca en la historia literaria sobre el tema del fascismo alemán y el Holocausto nazi, esgrimiendo la música como atmósfera de condena y salvación, conformando unos personajes humanamente creíbles en medio de circunstancias históricas que lanzan contra la especie humana, la “especie superior”, preguntas éticas y existenciales muy fuertes que, por vergüenza, deberían muchos contestar con una sinceridad que los salve de la persecución eterna, y vergonzosa, de la culpabilidad histórica. Y eso, como se sabe, solamente lo logran las grandes novelas.