La doncella de Nuremberg

Por Maira Landa

· “Fue trasladada a unos calabozos donde apenas entraba la luz del sol. En la celda sólo cabía una persona acostada”

La Doncella
“Dios, como privilegio especial, ha otorgado a la Iglesia la inmunidad contra el error”
Papa León XIII

Presentía que pronto vendrían a buscarla. Lo intuyó al ver que sus vecinos la evadían luego de que pasara frente a su casa la procesión de los dominicos y apareciera una cruz amarilla pintada en su puerta. Sabía que era cuestión de tiempo, de poco tiempo. Un miedo cerval se había apoderado de todos sus sentidos.


Era joven y vivía rodeada de gatos. De hábitos solitarios, no tenía muchos amigos en el pueblo. Llevaba ropa de luto por su esposo, que había muerto hacía un año. El negro resaltaba aun más su melena rojiza, de rizos alborotados. Sus ojos verdes y su tez de un luminoso rosado eran motivo de admiración en los hombres y de envidia en las mujeres. Cuidaba ancianos e iba a misa todos los domingos, como era de rigor.

El estruendo de unos golpes la sacó de sus cavilaciones. Ya estaban allí.

Fue trasladada a unos calabozos donde apenas entraba la luz del sol. En la celda sólo cabía una persona acostada. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, descubrió que el piso y las paredes estaban resbalosos porque los cubría una extraña mezcla de sangre, excrementos, orines y vómitos. Aquellos muros empedrados, húmedos y fríos estaban impregnados del olor de la muerte.

La hicieron desnudarse, le afeitaron todo el cuerpo, le cortaron las uñas y la obligaron a ponerse un camisón que había sido remojado en azufre y agua bendita. Después de meterle un puñado de sal en la boca, la condujeron ante el Inquisidor, un cura anciano algo jorobado, de piel cetrina y un repugnante mal aliento, quien tendría a su cargo el protocolo del Santo Oficio. Lo acompañaban varios compañeros dominicos, entre ellos un amanuense.

La mujer temblaba, mientras el Inquisidor pronunciaba las oraciones prescritas por el “Mallus Maleficarum” y daba inicio al interrogatorio.

-¿Cómo te llamas? -dijo, en tono autoritario.

-Magdelaine Michelet -contestó, con la voz entrecortada.

-¿Cuántos años tienes?

-Treinta y tres.

-¿Sabes por qué estás aquí?

-No, padre -dijo, al borde de los sollozos.

-Sabemos que has preparado hechizos y que has causado la muerte de varios ancianos de tu pueblo.

-Pero yo…

-¡No me interrumpas! Hablarás solamente cuando yo te pregunte. Dime, ¿a cuántos ancianos has asesinado? Admite que mataste a tu esposo y que recibes durante la noche a tus amantes diabólicos, que se te presentan en forma de íncubos. Dime, cuántas veces te has refocilado con el diablo en orgías y aquelarres. ¡Confiesa!

-Padre, voy todos los domingos a misa. ¡Nunca he matado a nadie!

-¡No es cierto, de nada te valdrá negarlo! Estarás aquí hasta que nos digas todo lo que has hecho. Te advierto que te arrepentirás de no haber confesado ahora.

Ante su reiterada negativa, fue llevada de regreso a su celda. Se preguntaba qué pruebas tendrían aquellos hombres. El cansancio la rindió y las pesadillas más oscuras rondaron su sueño.

Al día siguiente fue sometida a otro interrogatorio y a diversas torturas. Esta vez se encontraba también presente el Inquisidor General, Su Excelencia Ferdinand de Rocroi, Arzobispo de Cambresis, la máxima autoridad de la región. Aunque no intervenía en los procedimientos, era evidente que estaba allí para supervisar y aprobarlos.

En la búsqueda del “punctum diaboli”, tres sacerdotes pinchadores oficiales clavaron a Magdelaine largas agujas debajo de las uñas, en los senos, en la vulva, en el ano, en todos sus lunares y cicatrices. Si sangraba o gritaba porque sentía dolor, se confirmaba su condición diabólica.

La hicieron tragar nueve litros de agua bendita y la suspendieron de cabeza, amarrada por los tobillos. Mientras le daban veinte latigazos, un dominico le mostraba los instrumentos que la esperaban: el potro, la corona de Cristo, la tortuga, los látigos con puntas, la turca, la pera de hierro, la cuna de Judas... Otro religioso calentaba unas tenazas de hierro. Mientras tanto, el Inquisidor le gritaba una y otra vez que, a toda costa, ella confesaría y él así salvaría su alma.

-Dime, ¿has preparado ungüentos o filtros con la pulpa de los huesos y carnes de tus víctimas? ¿Cuántas veces has yacido con tu amo de las tinieblas? ¿Quiénes son tus cómplices? ¡Confiesa! -gritó.

-¡Soy inocente, no puedo decir lo contrario!

El Inquisidor, cada vez más exasperado, con una sonrisa irónica, se le acercó, bajó el tono de su voz y le dijo con sorna:

-¿Ves esta hermosa caja de hierro? La llamamos “La doncella de Nuremberg”. Fíjate en las púas filosas y largas que hay en su interior. Se encajarán en tu cuerpo cuando cerremos sus puertas. Será lamentable escuchar tus gritos y cómo se apagan, cuando te mueras poco a poco. Es tu última oportunidad para admitir tu culpa...

Magdelaine, presa de la desesperación, vislumbró un pedazo de cielo a través de la única ventana del recinto, en lo alto de la pared. Sus ojos vertían lágrimas incontenibles, que rodaban por sus mejillas. Desesperada, sangrante, débil, impotente, invocó en su mente a las legiones celestes y pidió ayuda. Un rayo de sol se reflejó sobre su melena rojiza y sus ojos adquirieron un brillo intenso.

Entonces fue ella quien se acercó al Inquisidor y lo miró con fijeza. Se inclinó hacia él, como si fuera a decirle un secreto. Le dijo en voz baja, despacio, firme, arrastrando las palabras:

-¡No voy a confesar!

De inmediato, a pesar de su forcejeo, la empujaron dentro de “La doncella” y cerraron las puertas con violencia. Un grito estridente, prolongado, un eco sordo, opacado por el metal del sarcófago, resonó en la estancia. Luego, un absoluto silencio.

Los sacerdotes, extrañados por la ausencia de los quejidos constantes que solían escuchar cuando usaban ese método, abrieron sus puertas una hora más tarde. “La doncella” estaba vacía.

De su interior salió un altivo cuervo negro, que cayó sobre el Inquisidor y el Arzobispo. Les sacó los ojos a picotazos, mientras revoloteaba con fuerza y emitía graznidos disonantes. El sol había inundado toda la habitación.

El pájaro, con su pico manchado de sangre, se posó en la ventana. Desde lo alto, miró a cada uno de los presentes y alzó vuelo triunfante hacia el infinito.

La autora es escritora. Maestría en Creación Literaria.