José Ignacio Valenzuela

No hace mucho leí por ahí que para hacer frente a estos tiempos, nada mejor que darse el lujo de crear. Darse el lujo de escribir, pensé. Un lujo que requiere el trabajo de escribir y escribir para aprender a escribir mejor. Escribir y corregir hasta que lo escrito se aleje lo más posible de la espontaneidad y se acerque a eso que llaman oficio. Escribir sin molde prefijado, huyendo de los manuales y recetas que nada tienen que ver con la verdadera creación. Acercarse a esa creación con inocencia y sin afán de gloria, dejarnos atraer por un imán e intentar contar de tal modo que nadie recuerde nuestro nombre, sino esa simple y sencilla historia que quisimos poner a vivir. Escribir para contar algo a quien jamás hemos visto, a quien quizá nunca conoceremos, y anidar en esa mente para, tal vez, así nunca morir.

 Maira Landa, mi amiga, mi ex alumna, la escritora, se da el lujo de crear. Y de crear bien. Y crea a partir de la Historia, esa con mayúscula, esa sucesión de hechos verídicos y comprobables que pueblan las páginas de enciclopedias, periódicos o recovecos virtuales del Internet. Y no sólo se lanza a crear en grande y bucea en aguas exigentes, sino que además lo hace con uno de los temas más sensibles y doloroso: el del holocausto.

Maira cuenta bien. De hecho, cuenta muy bien. Como una experta, va abriendo lentamente el telón narrativo para que las cosas sucedan a través del indicio leve o de la revelación contundente. Y si al decir de Cortázar un escritor tiene que ser un boxeador astuto, los golpes iniciales de Maira comienzan a minar sin disimulo las resistencias más sólidas de su adversario, o de su lector.

Pero tengo que decir algo: a pesar de los derechazos directo a la mandíbula que la autora nos da cada tanto, “Concierto para Leah” es una novela que se lee de un suspiro. De un suspiro acongojado y de profunda calidad. Un suspiro que se inicia cuando a la joven protagonista le regalan su violín y que se acaba cuando medio siglo más tarde su nieta cierra el ciclo, poniendo fin a una partitura de vida que incluyó notas tempestuosas, altisonantes, cadenciosas y tremebundas. Nadie sale ileso después de enfrentar una guerra mundial y un exterminio humano visto desde los ojos de una niña. Nadie se recupera muy fácil después de haber sido testigo, en primera persona, de un trozo de infierno vivido aquí en la tierra.

Como experta, Maira sabe que el suspenso se cuenta mejor cuando se narra en primera persona. En el cine, los directores saben que una escena crucial, que inspire miedo, debe estar filmada en primer plano. ¿Y por qué, se preguntarán ustedes? Porque cuando el espectador –o el lector, que es lo mismo- no tiene al alcance de su vista el espacio que rodea al personaje, la tensión aumenta porque desconoce lo que va a suceder. No hay cómo saber si un poco más allá, en las sombras, se esconde el monstruo, el soldado asesino, el mal hecho ser humano. Con el estilo llano y transparente de la letra limpia que apuesta más bien a la eficacia de la comunicación antes que a la estridencia en el estilo y los juegos experimentales, Maira construye emociones directas e inolvidables. Emociones que, una a una, van tejiendo una historia en donde las voces que la cuentan son tan importantes como los hechos que se van sucediendo.

Schopenhauer, el famoso filósofo alemán, insiste en que escribir bien es pensar bien. Pensar con orden, precisión y claridad. Buscar la sencillez para llegar a la profundidad de la historia que se quiere contar. Por otro lado, agrego yo humildemente, escribir bien se trata de encontrar el camino más breve entre lo que se quiere decir y lo representado y esa es una de las metas más difíciles en un proceso de creación. Y nuestra querida Maira así lo hizo: le bastó dar un par de pinceladas iniciales para crear una potente situación. Le bastó decir “Aquella tarde papá llegó con la noticia” (que es como comienza la novela), para que un mundo entero se pusiera en marcha frente a nuestros ojos. Y oídos.

 Pero lo que cualquier lector avezado aplaudirá, será su búsqueda y hallazgo de un símbolo para representar en forma aplastante la historia: la música. Aquí las notas del pentagrama no sólo se unen para formar sonidos, sino que se convierten en la representación audible del alma de Leah. Podemos “leer” y “escuchar” los sentimientos de la protagonista a través de los sucesivos conciertos, tonadas, sinfonías, óperas y valses a los que ella va echando mano para poder explicar de una manera eficiente, y concreta, la tragedia que va presenciando. ¿Cómo se sobrevive al horror de una guerra? Mirando hacia adentro, supongo, y olvidando por un instante lo que sucede allá afuera.

Pablo Neruda, ese maravilloso poeta que viene de la misma tierra que yo, dijo: “Mis criaturas nacen de un largo rechazo”, y tal parece que Maira Landa lanzó fuera sus personajes luego de sentir lo que ellos sentían, luego de meditar sus vidas, luego de conocerlas al dedillo. Así, Maira hizo nacer a un puñado de personajes escritos con precisión. Estoy seguro que la investigación que llevó a cabo para narrar lo que narra en su libro es infinitamente superior a lo que quedó plasmado en las páginas. Y así es como se hace: se estudia, se estudia mucho, y luego se usa sólo lo necesario. Ni más ni menos. Eso es escribir bien, como nos exige Schopenhauer.

Artistas, soldados, Europa bajo el yugo nazi, angustias, esperas, miedos, amores, desamores, muerte y música conviven en 171 páginas que deben ser leídas –y escuchadas como un buen concierto- sin pausa pero sin prisa. Los invito, los conmino, a leer “Concierto para Leah” para descubrir en sus páginas la razón por la cual es primordial leer buena literatura: una buena historia, bien contada, puede llegar a afectarnos de tal modo, que interpretará nuestra propia existencia bajo una nueva luz que mostrará un rincón desconocido de nuestras vidas. De ese modo se hace inolvidable, infinita, placentera y absolutamente necesaria. Como la buena música. Como la buena prosa.

Muchas gracias.