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San Juan, Puerto Rico

Jueves, 5 de Noviembre de 2009


Esplendor entre las flores del mal

Eran huecos donde metían, desnudas, a cuatro personas y las dejaban morir, sin comida y sin bebida”

CARMEN DOLORES HERNÁNDEZ

Especial para El Nuevo Día

La alfombra no era roja, sino azul, pero quienes pasaban por ella eran, en su mayor parte, celebridades del mundo de las letras. Decenas de periodistas fotografiaban a los famosos… y a los no tan famosos, no fuera que el codiciado Premio Planeta -el más popular, quizás, de los premios de editoriales españolas- recayera en una persona desconocida.

El enorme salón de recepciones, que se encontraba repleto, bullía con la expectativa. Había pantallas sobre las que se proyectaban los títulos de las novelas finalistas: primero diez, luego ocho, luego quedaron cinco. El título de la novela de Maira Landa, “Concierto para Leah”, estaba entre ellos. Había llegado en el quinto lugar entre un total de 492 participaciones provenientes de todos los países hispanohablantes del mundo. No era menuda la hazaña para quien escribió su primer cuento -“El maletín”- en el 2004, cuando inició su maestría en Creación Literaria en la Universidad del Sagrado Corazón.

En una primera versión, “Concierto para Leah” fue su tesis de grado, pero luego se amplió -duplicándose en tamaño- hasta alcanzar su forma actual. Con un argumento relacionado con los judíos, el Holocausto y la difícil supervivencia de quienes lograron salir aparentemente ilesos de los infames campamentos de la muerte, Maira llevó a cabo una investigación extensa sobre el tema, que la había fascinado desde que tuvo noticia de aquel fatídico barco alemán, el “St. Louis”, que arribó a La Habana, su ciudad natal, en el 1939, con casi mil judíos europeos en busca de refugio en América. No fueron admitidos a aquella isla y tampoco a los Estados Unidos. El barco se vio obligado a zarpar de nuevo rumbo a Europa y a una muerte segura para muchos de sus pasajeros.

El tema se le impuso; también la protagonista, “Leah”, una concertista famosa. “Ella me dictaba lo que tenía que escribir; siempre estuvo a mi lado”, dice Maira. “Para mí es un símbolo de todo lo que pasó, lo que vi en aquel horrible campamento de Auschwitz, que visité para ambientar la novela. Allí todavía se siente el olor de la muerte. Visité las cámaras de gas, los crematorios, las barracas, los comedores, las cámaras de tortura. Eran huecos donde metían, desnudas, a cuatro personas y las dejaban morir, sin comida y sin bebida”. Con tales premisas, cabe predecir que la novela, que se publicará próximamente, será impactante, sin duda.

También lo ha sido la vida misma de Maira Landa, que a los doce años salió de Cuba a bordo de un barco errante, similar al que llevó a los judíos a tierras donde no los recibieron. “Salí de Cuba en 1961 con mi mamá, en un barco donde también iban trescientas monjas y curas españoles que habían sido expulsados del país. Tenían que vestir con ropas de civiles y dormían sobre la cubierta porque no había camarotes para ellos”, relata.

Maira y su madre se quedaron a residir en Caracas durante cinco años, pero la vida regalada de niña bien que había llevado en Cuba se fue convirtiendo en un sueño lejano. Las lecciones de ballet, de canto y de piano, sin embargo, le sirvieron para buscar refugio en la música mientras estudiaba en el Colegio Americano, donde trabajaba -desde muy joven- en sus oficinas. Su madre, a la vez, enseñaba día y noche en colegios privados y ofreciendo tutorías.

Mientras vivió en Caracas y seguía practicando el piano, Maira se hizo amiga de una muchacha judía, nacida en Alemania, cuyos padres -él de nacionalidad rusa; ella, polaca- habían sobrevivido a un campo de concentración.“Nunca hablaban de ello, sin embargo”, recuerda.

Su amiga luego se convirtió en una gran concertista que estudió en la prestigiosa institución Juilliard y se casó con un belga. “La fui a visitar a Bélgica con mi marido puertorriqueño. A pesar de que vivíamos tan lejos la una de la otra, nos manteníamos en contacto”.

Pero cuando Maira quedó viuda, con dos hijas pequeñas, y su amiga Susana se divorció y se fue a vivir a Tel Aviv, perdieron el contacto. “La busqué durante 26 años”, dice Maira. “La encontré hace poco. En cierto sentido, escribí ‘Concierto para Leah’ en honor de aquella familia con la que me unieron lazos de amistad en un momento difícil de mi vida. Al conocerlos a ellos vi el lado humano de una familia judía que vivió el horror de la guerra y huyó de ella”.

Mucho antes de que se volviera hacia la escritura, Maira -una mujer decidida y capaz- acometió varias empresas comerciales, entre ellas la publicación de materiales de orientación para la industria del turismo.

También se involucró con instituciones cívicas y filantrópicas, fungiendo como directora, durante doce años, de la Corporación para el Fomento Económico de la Ciudad Capital (COFECC) y trabajando con el Hogar Cuna San Cristóbal.

Ahora, casada de nuevo, bien establecida, ha encontrado una manera de expresar las experiencias de un tiempo y unos lugares que han evocado traumas espirituales tanto para ella como para muchos más.