Como el oro del Rin

Adagietto

No hay testimonio de civilización que no sea también de barbarie.

Walter Benjamin

POR Margarita Iguina Bravo

Escritora puertorriqueña

No importa cuántas veces se hayan visto o leído las escenas dantescas que retratan los atropellos y crímenes cometidos durante el Holocausto, la experiencia al encontrarse con un texto similar siempre es igual de estremecedora. No se encuentra explicación posible acerca de la barbarie vivida durante esa época. Narraciones referentes a esos sucesos se repiten y seguirán presentándose igual al número de víctimas que lo padecieron. Cada cual tiene una historia privada que contar.

Con una prosa certera, libre de artificios, Maira Landa nos presenta la historia de Leah, una jovencita virtuosa del violín quien viaja durante el 1939 desde Hamburgo hasta las costas de Cuba junto a su familia y un grupo de judíos. Luego de ser rechazados de entrar a la Isla como refugiados por el gobierno cubano, terminan en Auschwitz víctimas de los excesos y el odio irracional de los nazis.

Es notable a través de todo el texto la infinidad de descripciones de los diferentes escenarios, como si fuéramos espectadores y miráramos a través de un lente lo que sucede a los personajes. A veces la acción se ralentiza. En otras ocasiones las palabras surgen a borbotones igual que si siguieran el tempo mencionado al comienzo de cada capítulo.

Aunque Landa utiliza unos escenarios y una situación archiconocida, maneja un elemento que se convierte en uno de los personajes principales de la obra: la música y, por ende, del instrumento alrededor del cual se borda esta novela, un violín, Guarnerius del siglo XVIII. Este recurso, como si hubiera dado un viaje a la semilla, volver a su lugar de origen, la coloca como narradora dentro de la vertiente de escritores como Alejo Carpentier, quien trabaja con el tema de la música en infinidad de sus obras: El acoso, Concierto barroco, Los pasos perdidos, entre otros.

En el caso de Maira Landa no sólo la estructura de la novela tiene un referente musical directo: Cuatro movimientos y una coda, cada uno con un tempo propio, sino que el personaje de Leah reacciona como un diapasón al recibir con intensidad ondas y arpegios musicales que varían de acuerdo con la situaciones extremas a las que se enfrenta en su periplo hacia el campo de concentración, como si hiciera un descenso hacia el infierno, una de las características que sobresalen en el Primer movimiento.

Es posible que la ciudad de origen de la protagonista haya sido responsable de la pasión por la música de toda la familia de Leah. Bremen, con una cultura musical antigua tiene como uno de sus símbolos una escultura de cuatro animales igual que en el cuento de los Hermanos Grimm conocido como los Cuatro músicos de Bremen.

A medida que el texto adelanta se suceden los capítulos como si fueran episodios con finales que llevan a preguntar: ¿qué sucederá luego? El segundo movimiento nos sorprende con un salto temporal y de ubicación y un cambio en la voz narrativa, de primera voz protagonista a tercera omnisciente. Un pianista virtuoso en Puerto Rico se enfrenta a un enigma. Comienza entonces la búsqueda de sus progenitores, una especie de telemaquia en busca de su origen.

Al cambiar de capítulo continúan los saltos temporales en los que se alternan los escenarios y los personajes. La escritora trata una variación del tópico literario, el ubi sunt, donde presenta a la protagonista cuestionándose de forma continua: ¿donde están? No cuestiona la fugacidad de la vida sino cómo la suya se ha ido transformando a medida que las pérdidas se suceden una tras otra hasta llevarla a una total indefensión. Solo la música es su único consuelo.

La última línea del cuarto movimiento permite redondear los cuatro movimientos anteriores como un ouroboro, una serpiente que se muerde la cola. Al finalizar estas cuatro partes podemos darnos cuenta que aunque Landa desarrolla la textura de los dos personajes principales donde se nota una evolución y un cambio, no es menos cierto que le da más peso a la trama en la que retiene un tono realista a través de todo el libro.

La coda, un epílogo que refuerza toda la obra, no es utilizada como un accesorio sino que ejerce una función vital para todo el texto. La esperanza de una justicia quizás poética, se logra al final de la novela al igual que en los poemas sinfónicos de Wagner en el que se recobra el oro del Rin luego de una lucha entre los que ostentan el poder y los mortales. Lo robado regresa a su dueño.

Creo que Maira Landa podría hacer suyas las siguientes palabras: Solo gracias a aquellos sin esperanza nos es dado la esperanza, del escritor judío Walter Benjamin, quien tampoco pudo llegar a Cuba durante la misma época que ella utilizó para situar su novela.